domingo, 28 de agosto de 2011

Molino

Traqueteaba el molino a primera hora de la mañana. Sus aspas giraban cargando en ellas la luz de un nuevo amanecer. Las toscas piedras que lo formaban temblaban de viejas que estaban, quejándose tras el paso de cientos de locos que quisieron combatirlo. El campo lucía distinto esa mañana, el rocío depositado por la noche hacía brillar esas miles de pequeñas gotas con el reflejo del sol. En un instante se formaron cientos de pequeños arco iris sólo visibles para las propias briznas de hierba. Que afortunado se sentía el campo de ser campo. El viento sonreía al silbar entre las sinuosas colinas, golpeándose de frente contra aquellas impasibles aspas que seguían su curso una y otra vez, sin apenas detenerse a descansar. Que pena para el molino no tener ojos y contemplar él mismo aquel momento. Pero no había que lamentar, pues el molino sentía el campo vibrar bajo sus pies, pues era un molino de Castilla. Un molino de aquellos que se convertían en gigantes en las mentes de grandes escritores, uno de aquellos que tras las mejoras tecnológicas no cejaba en su empeño de seguir viviendo, un molino de esos que nuestra mente siempre recuerda como molino. Molino, al fin y al cabo.

lunes, 22 de agosto de 2011

Caja de pino

No os preocupéis.

Ya me buscaré yo mi propia casa de descanso. La decoraré para que me recuerde a cuando era un chaval, con pegatinas de futbolistas ya retirados y dibujos de criaturas imposibles. Me acomodaré en una almohada con olor a sábado por la mañana. No necesito más que el cielo, por eso pintaré la tapa con las estrellas que nunca logré alcanzar.

Cavaré el hoyo con mis propias manos si hace falta. Lo suficientemente hondo como para no regresar jamás. Irme y no volver es lo que voy a hacer. Entonces diré a mis enemigos que me entierren, pues ellos lo harán sin miramientos, no quiero ojos tristes en mi lecho. Me iré con lo puesto, dejando atrás una bolsa llena de lamentos y malos momentos. Lo único que necesito es tener en cada bolsillo un bonito recuerdo, para que en las noches frías den el calor que necesita mi cuerpo.

Enterrado no podré molestar, incordiar o haceros enfadar. Mis silbidos sólo molestaran a los gusanos que devoren mi carne. Las notas recordarán a viejas canciones y se desvanecerán entre los encajes de la madera. Ya podré descansar y viajar a aquellos buenos momentos que nunca se deben olvidar, reviviendolos una y otra vez seré feliz hasta que llegue mi fin.

Porque esta es la carta que escribe un hombre a casi enterrar, pero no pasa nada, arrepentirse no es algo que vaya a pasar. Yo ya sólo quiero descansar.

domingo, 14 de agosto de 2011

Castillos de arena

La brisa marina lo envuelve todo de un intenso olor a salitre y algas. El olor a mar es indefinido, no sería posible explicarselo a alguien que no haya estado nunca frente a ese gigante azul. Te refresca el alma y te llena los ojos de la infinita libertad de sus aguas. El horizonte parece tan lejano a pie de playa, tan lejano que dan ganas de atraparlo para no perder nunca el rumbo, pero nuestras manos no abarcan tanto y acaba escapándose.

Entonces las palmas se quedan extendidas flotando en el aire y algo extraño sucede, sus formas, sus colores y texturas comienzan a confundirse con el brillo del Sol. Las frotamos la una contra la otra y notamos cada grano de arena perderse en el mar. Las olas arremeten suavemente contra nuestros pies. Jugamos en la orilla a evitar que nuestros pies queden atrapados por la arena y sonreímos. Nos recordamos a unos nosotros de hace mucho tiempo. Llenamos nuestros pulmones de ese toque especial que le da el mar a todo y nos sentamos en la orilla.

Por instinto, nuestras manos comienzan a acumular arena frente a nosotros. El trabajo es arduo y hace calor, pero no dejamos de sonreír. Cada vez el montón es más grande y practicamente tenemos arena hasta en el último rincón de nuestros cuerpos, pero poco importa. En ese instante decidimos que es suficiente y comenzamos a darle forma, al principio dudamos, pero todos tenemos la imagen de lo que vamos a hacer en la cabeza.

Utilizamos la arena sobrante para evitar que la marea arrastre con ella nuestra construcción. Un buen castillo de arena requiere el máximo de concentración posible. Empezamos moldeando la base, pues como en todo, hay que ir paso a paso, anteponiendo la constancia sobre la dificultad del trabajo. Conforme va cogiendo forma, nuestro cometido se convierte en algo más personal. Nos centramos en cada detalle, conchas a modo de ventanas e incluso un foso para persuadir a los invasores.

– ¿Aún sigues con eso? – se oirá detrás nuestra – No logro entender tu motivación.

– Debo terminarlo

– ¿Por qué? – dirán frustrados – Si tarde o temprano la marea lo deshará.

– No lo entiendes.

Seguimos moldeando el castillo, ya casi hemos terminado, nos queda ultimar detalles. Los torreones de vigilancia, la puerta de entrada y las ventanas. Justo cuando nuestras manos repasan las formas de la construcción nos damos cuenta de que se nos ha ido casi todo el día en ello. Los dedos nos escuecen de tanto roce y el sol arde bajo nuestra piel. La marea ha subido y sin que nos diésemos cuenta ha alcanzado las puertas de nuestra fortaleza. Miramos impasibles como el agua nos arrebata grano a grano nuestro trabajo y al cabo de unos minutos todo nuestro esfuerzo se ve resumido a un puñado de arena mojada.

– ¿Ves? Ya no te queda nada.

– Sigues sin entenderlo

– ¿El qué?

– No consistía en poseer un castillo de arena. Lo importante era el trabajo y la dedicación. Todo el tiempo dedicado a construirlo para verlo finalizado. El castillo nunca importó. Lo que vale la pena es el sentimiento de satisfacción al haberlo creado con nuestras propias manos, la libertad que eso nos proporciona. El hecho de haber conseguido lo que nos proponiamos nos da esperanza para que podamos cumplir nuestros sueños. No pasa nada porque la marea lo haya deshecho, ya que, aunque no los veamos, la playa está repleta de castillos de arena.

lunes, 8 de agosto de 2011

Empezar de nuevo

¿Nos merecemos una segunda oportunidad?

La vida puede ser muy difícil a veces, tanto que a algunos llegó a superarnos por completo. Hubo un instante en el que nos separamos del resto, tropezamos a mitad del camino y al levantarnos no había nadie que nos tendiese su mano. Estuvimos arrastrándonos durante bastante tiempo, realmente ni siquiera sabíamos como levantarnos. No podíamos ver el camino, y nos desviamos. No elegimos bien. Nunca he sido de echar la culpa a nadie, acepto las consecuencias de mis acciones. Por eso estoy aquí.

No me quejo. Siempre se nos ha dado el respeto que nosotros no tuvimos. Me deshonraría si en algún momento pidiese algo mejor, dado que no me lo merezco. Pero tanto tiempo detrás de estos barrotes, pasa factura, por lo bueno y por lo malo. El alma se encoje en aquel estrecho cubículo, pero te da tiempo para pensar en las cosas importantes de la vida. ¿Por qué estoy aquí? ¿Me merezco una segunda oportunidad? ¿Cuánto vale una vida?

En esos instantes lloro desconsoladamente. Me seco las lágrimas con la mano y las saco por la ventana para que se calienten con la luz del Sol. Todo el mundo lucha por una segunda oportunidad. Pero, ¿realmente se puede volver a empezar? ¿Alguien piensa que podría mirar a mis amigos y familiares a los ojos sin que el pasado importara? ¿Se me daría la oportunidad de volver a pisar el mismo suelo sin tener sobre mis hombros el peso de mis malas obras? No me sentiría capaz de aceptar la absolución de mis pecados, tampoco sé si podría dormir por las noches en plena libertad. No después de lo que hice.

No me importa lo que dicte el juez, si ni siquiera yo me he perdonado. De nada me sirve que en un papel se me declare inocente si mis manos siguen manchadas de sangre, si aún oigo sus lloros en mi cabeza, si aún sueño con sus ojos pidiendo misericordia.

Entonces, ¿de qué me sirve una segunda oportunidad?