domingo, 20 de noviembre de 2011

Turno de noche II


Se despertó con sabor a cobre y tabaco. Un hilo de sangre bajaba por su frente tiñéndole la vista de rojo. Le pitaban los oídos como si hubiese estado en un bombardeo. La bañera donde había pasado las últimas horas olía a muerto. Sintió ganas de vomitar, pero resbaló al salir, manchándose entero con la cena de anoche. Tardó en recuperar el equilibrio consiguiendo ponerse en pie con ayuda de la pared. La pileta estaba casi tan sucia como el agua que escupía el grifo. Tras pensárselo unos segundos, metió las manos en aquel mejunje amarillento y se frotó la cara con vehemencia. Seguía sin ver las cosas claras.

Le dolía la cabeza a rabiar y no recordaba nada de lo que había sucedido. Aquel baño tenía una ventana. La abrió intentando recordar donde estaba. Era de noche y la ciudad de los criminales, robos, asesinatos y el olor a naftalina y cloaca lucía con su peculiar verde contaminación. No lograba entender por que estaba en un bloque de pisos de la zona más marginal de la ciudad. Aunque realmente era difícil distinguir lo marginal entre tanta mierda.

Se sentó dolorido, Si algo sabía a ciencia cierta era que aquello que estuviese buscando le había propiciado una buena paliza. “Sólo el de arriba sabe si es un buen precio a pagar” sonrío dejando brotar la sangre acumulada en sus más que obvias heridas internas. Buscó algo en los bolsillos de su gabardina. Un encendedor con una estrella grabada, en la cual se podía leer con letras doradas The lucky one. Encendió un cigarrillo para intentar calmar la situación. La primera calada entró en sus pulmones como mil clavos ardiendo, tosió algo más de sangre. A la segunda calada, el dolor ya le dio igual.

Tuvo un tiempo para recobrar las fuerzas. Intentó recordar varias veces lo que había ocurrido en las últimas horas, pero cada vuelta al pasado le devolvía a los mareos y a ese maldito pitido en los oídos. Desistió, y tras acabar el pitillo pensó que sería mejor buscar algún indicio en el lugar donde se encontraba antes que esperar a que se iluminase el maltrecho cerebro.

La puerta del baño hizo el mismo sonido al abrirse que el que haría un gato siendo despellejado vivo. Había perdido el jodido factor sorpresa, pero para su suerte aquella ratonera estaba vacía. Solos él y las moscas arremolinándose sobre la basura. No había mucho que hacer en aquel lugar, el pasillo conducía a una sala un poco más grande con sólo una mesa en el interior. Había ido a parar a un maldito piso franco. Su suerte dejaba que desear. Ojeo por encima algunos de los papeles que había encontrado. La luz parpadeaba de manera intermitente como si intentase mantener un último suspiro.

Entre todo aquel papeleo encontró algo realmente interesante. Números de cuentas asociadas a compras de armas, drogas y putas. Rió por lo típico que era todo aquello en esa jodida ciudad. La puerta se abrió interrumpiendo su lectura con un sonoro portazo.

– ¡Tú...! – el rostro de aquel matón se volvió blanco – ¿Cómo es posible?

– Una simple paliza no podrá conmigo, imbécil – intentó dar algo de ánimo a la conversación y así evitar un tiroteo, él iba desarmado.

Fue inútil, el atónito rostro del criminal se ocultó tras un calibre del 44. Tragó saliva intentando buscar salida a aquella situación. Aquel descerebrado dispararía a la mínima ocasión, no estaba preparado para morir, pero joder, tampoco se iba a echar a llorar ahora.

El portazo que dio el alarmado pistolero había hecho de la bombilla que iluminaba el salón un vaivén constante. Un péndulo de luz intermitente, cansado de brillar, como todo en aquella ciudad. La balanza se inclinó a su favor, una vez más. La bombilla se fundió en el instante preciso y tuvo tiempo para noquear al hombre armado, evitando el disparo y huyendo a toda prisa.

No entendía nada. Le seguían pitando los oídos. Peto tenía las pruebas, ojalá fuese eso lo que había ido a buscar pues no pensaba asomar la cabeza fuera de casa por una temporada. El esfuerzo de bajar las escaleras, la adrenalina descargada durante el forcejeo y las múltiples lesiones le pasaron factura. Perdió las fuerzas al llegar a la calle. Hacía mucho frío y no sabía bien donde se encontraba. Al menos nadie se preocupaba por un hombre herido en aquella ciudad. Cayó de rodillas y empezó a toser sangre, intentó encenderse otro cigarrillo, pero había comenzado a llover. Miró con sumo desprecio a los nubarrones que tenía sobre su cabeza. “Vaya mierda de suerte” pensó. O no. Un coche paró en seco delante suyo, la ventanilla del conductor comenzó a bajar, desvelando unos fieros ojos verdes.

– Sube.

No se fiaba. ¡Joder! Nadie en aquella ciudad hacía algo sin pedir nada a cambio. Pero su descenso al jodido infierno había empezado tras despertarse en aquella bañera. No le importaba saltar al vacío de nuevo. Subió al vehículo y antes de cerrar la puerta ya habían salido de allí perdiendo el culo. Su salvadora no le quitaba la mirada de encima desde el retrovisor. Iba bien arreglada, mejor que él, eso seguro. Tez morena y mirada fría. Su tipo, si no fuese por las circunstancias. Se encendió, ahora sí, un cigarro.

– Siento haberte estropeado la tapicería – rió mostrando su boca teñida de rojo.

– ¿No te duele? – preguntó extrañada.

– He tenido días peores – comentó animado.

– No lo creo... – insistió en voz baja.

– Créeme si yo te...

El choque de carrocerías no le dejó terminar la frase. Otro vehículo, más grande y parece que más resistente, los arrolló desde un lateral, aplastándolos contra la pared de lo que parecía ser una iglesia.“Dios, tú siempre en medio” se quejó entre todo aquel caos metálico.


lunes, 17 de octubre de 2011

Turno de noche

Era ya de madrugada.

La ciudad descansaba sobre sus viejos cimientos, resintiéndose por el paso de los años. Todo en aquel lugar resultaba tétrico, los baldosines de la acera intimidaban a aquellos viandantes que se atreviesen a cruzarlos bajo aquel cuarto creciente. Cuando anochecía en la ciudad de los criminales, robos, asesinatos y el olor a naftalina y cloaca, la muerte en persona vigilaba las calles bajo su peculiar perspectiva de justicia.

Las sirenas de la ambulancia y la policía rompían el habitual silencio de aquel angosto barrio obrero. Cientos de ojos asomaban para ver que ocurría. El lugar del crimen era aquel bar de mala muerte donde sólo eran habituales lo peor que tenía la ciudad; maleantes, prostitutas y vagabundos. El esquema esta vez era totalmente diferente, aquel hombrecillo miope y medio calvo pertenecía a la clase alta de la burguesía, cuyos gozos y placeres distaban mucho de aquel tugurio.

El lugar se encontraba completamente vacío, la basura que solía frecuentar el sitio había sido lo suficientemente inteligente como para volver al agujero del que algún día se escaparon, incluso el tabernero había huido. El suelo estaba lleno de cristales rotos y todo, no sólo el cadáver, olía a miseria y putrefacción. Botellas de alcohol barato, de aquel que a la mañana siguiente te manda al mismísimo infierno, se amontonaban unas sobre otras tras la barra. Sólo aquella odiosa música que alguien había puesto en uno de esos gramófonos eléctricos los acompañaba en el interior.

Lollipop lollipop
oh lolli lolli lolli
lollipop lollipop.....
Call my baby lollipop
tell you why
his kiss is sweeter than an apple pie
and when he does his shaky rockin' dance
man, i haven't got a chance
I call him
lollipop lollipop
oh lolli lolli lolli
lollipop lollipop.....

Los dos detectives intercambiaron sus miradas con el ceño fruncido. El de la derecha tenía un aspecto bastante austero; era alto, flacucho y pálido, aún así no daba impresión de debilidad, intimidaba con sus finos ojos grises bajo aquel bombín, al mirarle lo único que podías ver con claridad era el humo del cigarrillo que llevaba en la boca. Su compañero, de menos estatura pero compensado por su oronda apariencia bebía un café que había parado a recoger antes de llegar en una de esas cafeterías que habían monopolizado por completo el mercado.

Sweeter than candy on a stick
huckleberry, chimry or lime
if you had a choice
he'd be your pick
but lollipop is mine
Lollipop lollipop
oh lolli lolli lolli
lollipop lollipop.....

–  Joder Bob – se quejó el alto – ¿Puede parar alguien ese infierno musical?
– Sabes que eso no es posible Ed – expresó hastiado el otro – No se nos permite tocar nada si no es estrictamente necesario.
– ¡Por dios! – gritó dejando caer el cigarro y encendiendo en el instante uno nuevo – Es obvio que ha ocurrido aquí.

Los dos observaron atentamente la escena. Un hombre blanco de mediana edad se encontraba en el suelo, muerto. La escena era bastante limpia, obviando la suciedad del sitio, al menos no había sangre. Aquel vestigio de lo que algún día tuvo alma apretaba con sus fríos dedos una de las asas de su maletín, abierto por la caída, a poco más de medio metro hallaron el peluquín de aquel mediocre personaje. A su alrededor se arremolinaban una incontable cantidad de billetes.

– Si, es bastante obvio – murmuró mientras daba unos pequeños sorbos a su café.
– Otro cadáver víctima de este mundo – continúo el alto.
– Otro cadáver víctima de su propia codicia – sentenció su compañero.

Crazy way he thrills me
tell you why
just like a lightning from the sky
he loves to kiss me till i can't see straight
gee, my lollipop is great
I call him
lollipop lollipop
oh lolli lolli lolli
lollipop lollipop.....

domingo, 25 de septiembre de 2011

No hay más ciego que el que no puede ver


– Póntelas.
– ¿Cómo?
– Ponte las gafas.
– No.
– Hazlo.
– ¿Por qué?
– Para ver el mundo como es.
– Así está bien. El mundo es más bonito cuando no puedes apreciar todas sus imperfecciones.
– Ese mundo que dices es completamente falso. El real se compone de esas imperfecciones que evitas. No ganas nada mirando hacia otro lado, el mundo va a seguir estando ahí tal cual es, aunque tú no quieras verlo.
– La ignorancia es felicidad.
– El saber es el poder de cambiar las cosas. No te escondas más, no sirve de nada hacerlo.

Suspiró profundamente desde la cama. Alargó la mano para recoger los anteojos con el suficiente cuidado de que su mirada no atravesase los cristales. Pensó en si aquello iba a cambiar algo, si el simple hecho de ver el mundo como era iba a hacerlo mejor. No sabía bien que hacer, las apartó temeroso del poder que desprendían y se pasó las manos por la cara.

En ese instante se dio cuenta, entre otras cosas, que no tenía nariz.

domingo, 28 de agosto de 2011

Molino

Traqueteaba el molino a primera hora de la mañana. Sus aspas giraban cargando en ellas la luz de un nuevo amanecer. Las toscas piedras que lo formaban temblaban de viejas que estaban, quejándose tras el paso de cientos de locos que quisieron combatirlo. El campo lucía distinto esa mañana, el rocío depositado por la noche hacía brillar esas miles de pequeñas gotas con el reflejo del sol. En un instante se formaron cientos de pequeños arco iris sólo visibles para las propias briznas de hierba. Que afortunado se sentía el campo de ser campo. El viento sonreía al silbar entre las sinuosas colinas, golpeándose de frente contra aquellas impasibles aspas que seguían su curso una y otra vez, sin apenas detenerse a descansar. Que pena para el molino no tener ojos y contemplar él mismo aquel momento. Pero no había que lamentar, pues el molino sentía el campo vibrar bajo sus pies, pues era un molino de Castilla. Un molino de aquellos que se convertían en gigantes en las mentes de grandes escritores, uno de aquellos que tras las mejoras tecnológicas no cejaba en su empeño de seguir viviendo, un molino de esos que nuestra mente siempre recuerda como molino. Molino, al fin y al cabo.

lunes, 22 de agosto de 2011

Caja de pino

No os preocupéis.

Ya me buscaré yo mi propia casa de descanso. La decoraré para que me recuerde a cuando era un chaval, con pegatinas de futbolistas ya retirados y dibujos de criaturas imposibles. Me acomodaré en una almohada con olor a sábado por la mañana. No necesito más que el cielo, por eso pintaré la tapa con las estrellas que nunca logré alcanzar.

Cavaré el hoyo con mis propias manos si hace falta. Lo suficientemente hondo como para no regresar jamás. Irme y no volver es lo que voy a hacer. Entonces diré a mis enemigos que me entierren, pues ellos lo harán sin miramientos, no quiero ojos tristes en mi lecho. Me iré con lo puesto, dejando atrás una bolsa llena de lamentos y malos momentos. Lo único que necesito es tener en cada bolsillo un bonito recuerdo, para que en las noches frías den el calor que necesita mi cuerpo.

Enterrado no podré molestar, incordiar o haceros enfadar. Mis silbidos sólo molestaran a los gusanos que devoren mi carne. Las notas recordarán a viejas canciones y se desvanecerán entre los encajes de la madera. Ya podré descansar y viajar a aquellos buenos momentos que nunca se deben olvidar, reviviendolos una y otra vez seré feliz hasta que llegue mi fin.

Porque esta es la carta que escribe un hombre a casi enterrar, pero no pasa nada, arrepentirse no es algo que vaya a pasar. Yo ya sólo quiero descansar.

domingo, 14 de agosto de 2011

Castillos de arena

La brisa marina lo envuelve todo de un intenso olor a salitre y algas. El olor a mar es indefinido, no sería posible explicarselo a alguien que no haya estado nunca frente a ese gigante azul. Te refresca el alma y te llena los ojos de la infinita libertad de sus aguas. El horizonte parece tan lejano a pie de playa, tan lejano que dan ganas de atraparlo para no perder nunca el rumbo, pero nuestras manos no abarcan tanto y acaba escapándose.

Entonces las palmas se quedan extendidas flotando en el aire y algo extraño sucede, sus formas, sus colores y texturas comienzan a confundirse con el brillo del Sol. Las frotamos la una contra la otra y notamos cada grano de arena perderse en el mar. Las olas arremeten suavemente contra nuestros pies. Jugamos en la orilla a evitar que nuestros pies queden atrapados por la arena y sonreímos. Nos recordamos a unos nosotros de hace mucho tiempo. Llenamos nuestros pulmones de ese toque especial que le da el mar a todo y nos sentamos en la orilla.

Por instinto, nuestras manos comienzan a acumular arena frente a nosotros. El trabajo es arduo y hace calor, pero no dejamos de sonreír. Cada vez el montón es más grande y practicamente tenemos arena hasta en el último rincón de nuestros cuerpos, pero poco importa. En ese instante decidimos que es suficiente y comenzamos a darle forma, al principio dudamos, pero todos tenemos la imagen de lo que vamos a hacer en la cabeza.

Utilizamos la arena sobrante para evitar que la marea arrastre con ella nuestra construcción. Un buen castillo de arena requiere el máximo de concentración posible. Empezamos moldeando la base, pues como en todo, hay que ir paso a paso, anteponiendo la constancia sobre la dificultad del trabajo. Conforme va cogiendo forma, nuestro cometido se convierte en algo más personal. Nos centramos en cada detalle, conchas a modo de ventanas e incluso un foso para persuadir a los invasores.

– ¿Aún sigues con eso? – se oirá detrás nuestra – No logro entender tu motivación.

– Debo terminarlo

– ¿Por qué? – dirán frustrados – Si tarde o temprano la marea lo deshará.

– No lo entiendes.

Seguimos moldeando el castillo, ya casi hemos terminado, nos queda ultimar detalles. Los torreones de vigilancia, la puerta de entrada y las ventanas. Justo cuando nuestras manos repasan las formas de la construcción nos damos cuenta de que se nos ha ido casi todo el día en ello. Los dedos nos escuecen de tanto roce y el sol arde bajo nuestra piel. La marea ha subido y sin que nos diésemos cuenta ha alcanzado las puertas de nuestra fortaleza. Miramos impasibles como el agua nos arrebata grano a grano nuestro trabajo y al cabo de unos minutos todo nuestro esfuerzo se ve resumido a un puñado de arena mojada.

– ¿Ves? Ya no te queda nada.

– Sigues sin entenderlo

– ¿El qué?

– No consistía en poseer un castillo de arena. Lo importante era el trabajo y la dedicación. Todo el tiempo dedicado a construirlo para verlo finalizado. El castillo nunca importó. Lo que vale la pena es el sentimiento de satisfacción al haberlo creado con nuestras propias manos, la libertad que eso nos proporciona. El hecho de haber conseguido lo que nos proponiamos nos da esperanza para que podamos cumplir nuestros sueños. No pasa nada porque la marea lo haya deshecho, ya que, aunque no los veamos, la playa está repleta de castillos de arena.

lunes, 8 de agosto de 2011

Empezar de nuevo

¿Nos merecemos una segunda oportunidad?

La vida puede ser muy difícil a veces, tanto que a algunos llegó a superarnos por completo. Hubo un instante en el que nos separamos del resto, tropezamos a mitad del camino y al levantarnos no había nadie que nos tendiese su mano. Estuvimos arrastrándonos durante bastante tiempo, realmente ni siquiera sabíamos como levantarnos. No podíamos ver el camino, y nos desviamos. No elegimos bien. Nunca he sido de echar la culpa a nadie, acepto las consecuencias de mis acciones. Por eso estoy aquí.

No me quejo. Siempre se nos ha dado el respeto que nosotros no tuvimos. Me deshonraría si en algún momento pidiese algo mejor, dado que no me lo merezco. Pero tanto tiempo detrás de estos barrotes, pasa factura, por lo bueno y por lo malo. El alma se encoje en aquel estrecho cubículo, pero te da tiempo para pensar en las cosas importantes de la vida. ¿Por qué estoy aquí? ¿Me merezco una segunda oportunidad? ¿Cuánto vale una vida?

En esos instantes lloro desconsoladamente. Me seco las lágrimas con la mano y las saco por la ventana para que se calienten con la luz del Sol. Todo el mundo lucha por una segunda oportunidad. Pero, ¿realmente se puede volver a empezar? ¿Alguien piensa que podría mirar a mis amigos y familiares a los ojos sin que el pasado importara? ¿Se me daría la oportunidad de volver a pisar el mismo suelo sin tener sobre mis hombros el peso de mis malas obras? No me sentiría capaz de aceptar la absolución de mis pecados, tampoco sé si podría dormir por las noches en plena libertad. No después de lo que hice.

No me importa lo que dicte el juez, si ni siquiera yo me he perdonado. De nada me sirve que en un papel se me declare inocente si mis manos siguen manchadas de sangre, si aún oigo sus lloros en mi cabeza, si aún sueño con sus ojos pidiendo misericordia.

Entonces, ¿de qué me sirve una segunda oportunidad?

domingo, 3 de julio de 2011

Dudas, incertidumbre, aflicción, explosión... rabia

Tantas dudas y tanto pesar. No, no me quiero quejar. ¡Joder! Es tan molesto de admitir. Parece ser que nunca somos tan fuertes como pensamos. Que cargamos con tantos daños acumulados, con corazones estropeados y lacrimales vaciados. Caminamos desastrados y al hombro llevamos una bolsa de sueños desechados. Nuestros ojos del presente miran desilusionados tanto al futuro como al pasado. Y nada de esto parece importarnos.

Pero ni aunque las cuentas marquen en negativo conseguirán tumbar mi espíritu. Que mirar atrás siempre fue de cobardes. Que del presente al futuro sólo hay un golpe. Que mis manos son capaces de atravesar cualquier muro. Que éste don es lo mejor que nunca he tenido. Que tantos que no me provocan problema alguno si con ellos consigo hacerme oír.

Aunque nunca fui de grandes metáforas, de todos esos adjetivos y sustantivos unidos en cánticos gongorinos. No importará que mis escritos no formen una melodía armoniosa, pues lo único importante será el mensaje. Mis palabras superarán cualquier percance  y llegarán a donde todos quisieron llegar.

Nunca mi corazón latió con tanta fuerza, nunca mis ojos brillaron con tanta intensidad, nunca mis dedos bailaron con tanta pasión. El fuego que crece en mi interior ilumina mi camino. ¡No al destino! Ya nunca seguiré ese camino preestablecido. Mis elecciones serán mías y de nadie más, mi vida será mía y por fin me pertenecerá. Ahora soy libre de golpear, pese a que me duelan los puños no voy a parar, aunque se me desgasten los nudillos no voy a cesar. Así mis golpes se escucharán en cualquier luga.

Porque ahora mi voz se oye a través del mundo. Porque quizá hoy parezca que todo esto sea un grito desesperado. Aunque mis ojos secos delaten mi tristeza, aunque mis temblorosos labios manifiesten mi inseguridad, aunque mi agitada respiración evidencie mi ansiedad y pese a que todo mi cuerpo parezca desfallecer por momentos. Mi espíritu nunca titubeará. Cada paso será más firme que el anterior. La fuerza de voluntad golpea de dentro hacia afuera guiándome al vacilar. Porque mañana mi voz se habrá convertido en un canto de victoria.

viernes, 1 de julio de 2011

¿Cara o cruz?

¿Cara o cruz, señora? Da igual, no se preocupe, la casa siempre gana. ¿Por qué? Porque por mucho que usted se empeñe la suerte nunca estuvo de su parte. A lo que usted llama azar, nosotros lo llamamos probabilidad. Y sepa que es probable que nunca tenga la más mínima oportunidad de ganar. ¿Por qué digo esto? Pues porque ustedes nunca se atreverán a protestar, es más, antes de terminar esta frase usted ya habrá vuelto a apostar. ¿Lo ve? Ha vuelto a perder. No piense que intentamos hacer trampas, sería ilógico, este juego lo creamos nosotros. El juego en si es una trampa, pero de ratones, y están todos atrapados. Quien entra en juego no vuelve a salir. No llore mujer, no es culpa suya, no tuvo elección, ninguno la tuvo. ¿En serio pensó que daríamos todo a cambio de nada? Ja ¿No leyó la letra pequeña? Vaya problema. ¡Vengan, vengan! ¡Este es el nuevo mundo, el de las oportunidades perdidas y la esperanza olvidada! ¡Acérquense y vean! ¡Es el Circo de los Sueños que nunca se cumplieron! ¡Tenemos a la niña que quiso ser de mayor bailarina! ¡El muchacho que soñaba con convertirse en un gran jugador de béisbol! ¡El padre que nunca consiguió ese ascenso! ¡La mujer que jamás pudo perder un kilo! ¿Les gusta este mundo? Rían y diviértanse. La función no ha hecho más que empezar.

lunes, 13 de junio de 2011

Noche de primavera

A él nunca le han gustado los compromisos. Odia todo lo relacionado con calendarios, horarios, tareas y deberes. No le gusta sentirse atado a nada ni a nadie. Ama lo simple por encima de lo complejo. Siempre ha tenido la confianza en que vivir la vida a su manera es el único modo de vivirla.

Pero la gente no lo entiende. No comprenden que el hecho de llegar tarde o pronto a algún sitio no le quite el sueño. Y por mucho que lo intente explicar nadie parece escucharle. Ellos piensan que es un desidioso holgazán. Ni siquiera se interesan por sus gustos, por lo que él quiere, no saben que hace las cosas porque quiere, no porque debe. Juzgan su moral y lo llaman infantil, soñador, evasor de la realidad. Siguen sin entender

La primavera no le desagrada en absoluto. Le encantan sus colores, olores, el calor de la tarde y los muchos días de descanso que consigo trae. Pero para su padre cualquier excusa es buena para realizar cualquier tipo de actividad. Esta vez, ha supuesto que sería interesante que la familia fuese a la feria y así, que los pequeños pudiesen divertirse.

No le molesta la feria, no le molesta tener que cuidar de sus hermanos pequeños. Le molesta la actitud totalitaria de su padre. Si le hubiesen preguntado quizá hubiese aceptado ir. Pero no, se lo habían impuesto directamente como un deber. Sin la más mínima oportunidad para negarse. El hastío recorre todo su cuerpo de una manera abrumadora.

Tomando como pretexto la urgente necesidad de ir al baño consigue separarse de todos y escabullirse entre la gente. Camina durante un largo trecho esquivando payasos, niños y adultos. No hay ningún lugar donde descansar y eso le inquieta. Las personas caminan y caminan, dando vueltas al mismo circuito una y otra vez. Estúpidos Se queja.

Conforme se aleja del centro de la feria se va encontrando con menos gente, los puestos cada vez están más alejados unos de otros y las luces ven reducida su intensidad considerablemente. Mientras camina hacia el final de la feria ve algo que lo perturba.

Ve a un joven igual que él. Prácticamente la misma persona. Pero no es su parecido lo que le perturba, si no los pequeños detalles que los diferencian. Porque aunque lleven la misma ropa, a su otro yo parece pesarle menos. Aunque sus ojeras sean del mismo tamaño, las de su otro yo parecen esconder una expresión de felicidad. Aunque su peinado esté igual de revuelto, el de su otro yo es mucho más rebelde. Mientras sus puños escupen golpes de impotencia, los de su otro yo le llevan a golpes hacia un nuevo día. ¡Eso es! Piensa. Él es libre Sentencia. Conforme sale de la sala de espejos una sonrisa se dibuja en su cara.

¿No le parecen mágicos estos espejos? sonríe el encargado de la atracción.

viernes, 27 de mayo de 2011

La hoz, el martillo y esa jodida manzana

Me despierto con la cara pegada al suelo, literalmente, el sudor actúa de una manera bastante más rápida que la cola. Debo de haberme desmayado por estar tanto tiempo en el huerto. El sol es un verdadero fastidio para los que tenemos este oficio. Me siento en una silla mientras me aclaro la garganta con un poco de agua y limpio el sudor con la camisa.

¡Joder qué calor! Exclama mi cuerpo ante la fiereza de los últimos días de mayo. Aún con todo, me mantengo sentado en la pérgola mirando el indefinido paisaje. Indefinido de lo aburrido que es, todo el cielo azul, ni gota de aire y 35º cayendo a plomo sobre el suelo. Quizá debería estar haciendo otra cosa, algo más productivo, pero tengo una manzana.

Una manzana roja, reluciente, fresca y recién cogida del árbol. Me faltarían adjetivos para decir lo sabrosa que está y seguramente provocaría un enfrentamiento con los más fanáticos seguidores de Hemingway. No es tiempo para la verbórrea, ni para deleitarse enunciando adjetivos.

Con el primer bocado lleno mi boca de jugosa dulzura. El segundo acompaña al primero añadiendo un amargo toque a la piel del fruto. En cambio, algo cambia en el tercer bocado, lo dulce se convierte en asqueroso en el instante en el que me percato del pequeño inquilino. Aquel morador de la pulpa de mi manzana se percata de que le estoy mirando.

– Yo la vi primero – se excusa.

Sin salir de mi asombro masco pausadamente lo que queda de manzana. Me limpio la comisura de los labios con algo de papel y miro a aquel curioso fenómeno de la naturaleza. No sobresale más de un centímetro de la manzana, pero aún así tiene el valor de enfrentarme. Por suerte, creo no haberlo mutilado.

– ¿Qué haces en mi manzana? – pregunto estúpidamente buscando una respuesta convincente.

– ¿Tu manzana? – exclama bastante ofendido – En un primer instante la manzana sería del manzano, de donde tú cobardemente la has arrancado.

– Es que ese es mi manzano – contesto molesto ante la desafiante actitud del insecto – Es más, diría que prácticamente este es mi huerto.

– Mio, mio, mio y mio, vosotros siempre estáis con lo mismo – clama acaloradamente – Pues entonces quiero que sepas que TU huerto está en MI tierra. Es más, nosotros aprovechamos más la fruta que vosotros, además, siempre acabamos compartiendo con otros organismos.

– ¡Joder! – exclamo – Debe de haberme tocado el único maldito gusano sindicalista de todo el territorio.

– De raíces marxistas – vuelve a pregonar.

– Lo que sea.

– ¿Lo qué sea? – comienza de nuevo – Eso es lo que siempre esgrimís los conformistas como tú, ésta es mi manzana y de aquí no me vas a mover.

En ese momento comprendo que es preferible un pasajero mal sabor de boca que un pasajero revolucionario dando lecciones de moralidad. El sabor tampoco es tan malo, mucho mejor que aguantar al hermano Lenin dando charlas sobre propiedad. Mientras termino la manzana oigo las llaves de la casa, el último trozo se me atraganta y caigo al suelo. Entre golpes y toses consigo hacer bajar el pedazo maldito del fruto, pero ya es demasiado tarde.

– ¡¿Quién eres tú y qué cojones haces con mis manzanas?!

lunes, 25 de abril de 2011

Cincuenta y cinco minutos

Y otra noche más entrelazo mis manos buscando a la persona del otro lado sin éxito, el ceño fruncido ya es mi seña de identidad. Frustración en vez de sangre, recorriendo mi cuerpo al igual la carcoma recorre la madera. Mi corazón bombea ácido cinismo por todo mi organismo. "Noche larga, noche vacía, de inocuas ideas" Pienso.

Miro con esperanza a través de la ventana, tornándose desesperanza al mismo tiempo que mi espíritu choca contra la pared del otro lado. "No es posible volar, el urbanismo no lo contempló" Maldigo.

Mis ojos rezan por eliminar las muecas de mi cara, pero el cielo me devuelve la mirada, turbia de amargura. Arremolinándose igual que el mar de tempestad. Agacho la cabeza decepcionado conmigo mismo, posando los ojos en mi copa, tambaleándose al ritmo de las olas. "Naufrago en mi propio cuerpo. Extraño a todo sentimiento" Escupo.

La música comienza a sonar, cincuenta y cinco minutos para la cuenta atrás. Una guitarra aparece de pronto en la habitación, haciendo sonar los acordes pausadamente, entristeciendo aún más el ambiente. "Canciones para melancólicos, ¿eh?" Me oigo decir a mi mismo.

Algo golpea mi mente más fuerte que ésta música deprimente. Las luces de la calle convierten las gotas de lluvia en crisoles de colores que desaparecen con la rapidez a la que llegan a mi ventana. Me siento nostálgico con cada gota que se va y prudente con la nueva que llega. Mi alma se humedece tan rápido como las nubes en lo más alto. "Y la ropa aún tendida en la azotea" Me quejo.

Pero aunque todo parezca venirse abajo esta noche, noto el calor de alguien a mi espalda, premiando mi esfuerzo y dando gracias por lo que valgo. Mis ojos cambian de un gris apagado a un azul esperanza. Mi alma resplandece como el sol que está por amanecer. Noto como las manos van cobrando sentido conforme se mueven, al igual que los demás músculos y huesos. "Porque siempre hay alguna mano a donde agarrarse, aunque sea la de nuestro propio reflejo" Suspiro.

A cinco minutos para el final, he conseguido parar la cuenta atrás, antes de que ella lo hiciese conmigo. Por esta vez.

lunes, 21 de marzo de 2011

Noche de invierno

Nunca se había visto un invierno tan frío como ese. Caminaba pegado a su paraguas sin despegar la mirada del suelo, pies de plomo era en lo único que debía pensar. Aquella calle era una pendiente interminable de un pavimento pobre y desgastado que se desprendía a cada paso. Aquel trayecto no estaba lejos de un paseo por un campo de minas. Aún así, no quería hacer esperar a alguien tan importante.

El viento soplaba sin ninguna dirección en concreto. Los soplos de viento venían de tramontana, de poniente, de levante, golpeándolo sin mostrar piedad alguna con su frágil cuerpo. El paraguas quería sentirse aire, volar y dejar atrás las ataduras con el mundo terrenal. Sin embargo, él no podía dejarlo marchar pues suponía su única defensa contra la lluvia. Conforme más avanzaba, más fuerte era el viento y más agua caía. Aquel tira y afloja le hacía perder un tiempo que no tenía en aquella carrera a contrarreloj.

Ya hacía un buen rato que se había separado de su compañero de viaje. La escasa protección contra aquel feroz temporal no compensaba con los intentos de liberación de su compañero. Así que en una fuerte racha de viento lo había dejado partir, elevándose hasta lo más alto y perdiéndose entre las tormentosas nubes que se arremolinaban en torno a él. Su débil y viejo cuerpo se quejaba a gritos, unos gritos que se ahogaban entre el rugir de la lluvia, unos gritos que él mismo intentaba silenciar para poder continuar en su vital travesía.

Era indiscutible, se había convertido en el centro de la tormenta, su peor temor se había materializado por completo, si continuaba así no podría llegar a su importante cita. Su cuerpo temblaba tanto que le era prácticamente imposible dar un paso sin retroceder otros tres. Además, su cuerpo sufría los efectos del frío y la humedad, no tardaría demasiado en comenzar a toser escarcha. Ni siquiera veía por donde andaba, aquella tediosa lluvia le golpeaba de frente y por mucho que intentase evitarlo, debía cerrar los ojos para darle un descanso a sus malogrados ojos. Oía pasos detrás de él, el tic-tac del reloj se le echaba encima.

Pero cuando todo parecía perdido, cuando sentía como caía rodando por la pendiente, un último paso lo llevó al lugar que buscaba. Aquel escarpado camino ya quedaba atrás y con ello, la lluvia parecía menos lluvia y el viento menos viento. Delante de él se encontraba el lugar de reposo eterno, el lugar hacia donde se había estado dirigiendo toda su vida, sin siquiera darse cuenta.

Lo atravesó en silencio, evitando faltar el respeto de aquellos que tenían la suerte de descansar. Tanteó con sus cansados ojos hasta encontrar el lugar de su cita. Una sonrisa se dibujo en su cara al ver que, aunque pareciese realmente imposible, había llegado pronto. Tan pronto que incluso se permitió reposar su espalda y sentarse a recuperar aquel aliento tan importante en la vida de uno, un aliento que marcaba a las personas para siempre.

Escuchó pasos a su alrededor, pero no vio llegar a quien había esperado durante tanto tiempo hasta que lo tuvo justo enfrente. Una muchacha de mediana edad había aparecido enfrente de él. Su mirada se perdía en los cientos de lechos que se abrían ante ellos, su tez era de un blanco puro roto únicamente por un leve sonrojo en sus mejillas, vestía un largo vestido negro que le cubría hasta las rodillas y aunque iba descalza, no rompía la armonía en su apariencia. Sus ojos cambiaron de expresión, mostrando un deje de preocupación e incógnita hacia su acompañante de aquella tormentosa noche.

– ¿Por qué? – preguntó preocupada, no por el simple hecho de la respuesta, sino por no entenderlo por ella misma.

– No entiendo a que te refieres – respondió con una mirada tranquila, tranquilidad que no hacía más que inquietarla.

– Podrías haber intentado huir – musitó taciturna – Todos lo hacen, con mayor o menor éxito.

– Pero, igualmente todos fracasan – dijo mientras respiraba aquel aire fresco de madrugada que le calaba todos los pulmones – No quería que mi última acción fuese recordada como un fracaso. A fin de cuentas, ¿hay quizá alguna otra elección? ¿podemos siquiera oponernos a ello?

No hizo ademán de contestar, caminó por el frío fango meditando aquellas palabras, unas palabras que resonaban en su cabeza. No recordaba algo igual, era fácil para ella hacer las cosas cuando siempre sucedían de la misma forma. Las mismas súplicas, las mismas lágrimas, las mismas escusas. No podía sentirse superior a alguien que no se había arrodillado cobardemente, sin asumir la realidad. No, ahora eran prácticamente iguales.

– Si te soy sincera – comenzó a hablar de forma pausada, como si cada palabra fuese para ella un indescifrable galimatías – Nadie tiene elección... ni siquiera yo la he tenido en algún momento.

Tras estas palabras de sentencia se acercó a su acompañante y le besó. Un beso que le robó aquello que con tanto esfuerzo había atesorado y guardado durante toda la vida.

Su último suspiro se desvaneció en el aire y cayó al suelo mientras sonreía al ver aquel inmenso prado abrirse ante él.


viernes, 11 de febrero de 2011

Cuando un pueblo llora

Cuando un pueblo llora se oye en todo el mundo. Se oyen sus cuerpos, sus gritos, sus llantos, sus muertos. Un pensamiento mutuo de millones de personas que se transmite de unos a otros, sin diferenciarlos por su raza, religión, sexo, edad o lugar de procedencia. Todos y cada uno de ellos, alzando sus puños al aire, reclamando lo que injustamente les fue arrebatado.

Que entiendan los que mandan, un pueblo está formado por cada uno de sus habitantes y cada uno de ellos posee voz propia. Lo que más temen los tiranos es la voz del pueblo, el conjunto de las pequeñas voces que cada día pasan desapercibidas. Y aunque intenten apalearla con el fin de silenciarla, por muchos tiros que peguen, la voz de un pueblo es ineludible.

Una explosión de sentimientos, de todas las lágrimas derramadas en tantos años de maltrato. Todos gritando al unísono, no luchando por si mismos, sino luchando por su nietos, hijos y hermanos, por sus amigos y compañeros, por sus mujeres y hombres, por las generaciones que están por venir, por el que tienen al lado. El sacrificio de los hombres del pasado para cambiar el presente y mejorar el futuro. Cuando este sentimiento toma forma ninguno de esos corruptos dirigentes, que se supone tendrían que velar por el bien de su pueblo, está a salvo.


Porque cuando un pueblo llora, todos lloramos con ellos.

lunes, 24 de enero de 2011

El fuego de los dioses

Se despertó con el corazón golpeando fuertemente su tórax, sudaba como si hubiese estado corriendo y le dolían los músculos de lo agarrotados que los tenía. Había soñado. No un sueño de placer, ni tampoco una horrible pesadilla. Había soñado que era alguien con ganas de vivir. Escondido entre sus sabanas, aquel minúsculo punto en una mancha del universo notaba un extraño calor que provenía de su interior. Un calor que quemaba de una forma agradable. Un calor que fluía con el latir de su corazón. Había soñado que su nombre había atravesado el cielo como un trueno, impactando con fuerza en la historia, haciéndose oír con su atronador estallido. En ese momento, aún estando despierto, sonrió. El fuego que ahora llevaba en su interior lo llevaría a lo más alto, como había soñado, sería alguien digno de admirar. En aquel sueño, todos sus esfuerzos habían valido la pena, todo lo que había hecho le había sido recompensado. Pero como todos los sueños, acabaría desvaneciéndose y a la mañana siguiente ese fuego se apagaría. Sin embargo, la noche siguiente su corazón volvería a encenderse con la voracidad del mismísimo Sol.